
En su momento, me comprometí a revisar y referenciar algo más de información sobre el libro "Odio Barcelona", que Andrés Martínez mencionó en uno de sus comentarios. Así que escribo una breve nota de lo que he encontrado (por cierto, siento cargar las tintas tanto con Barcelona; en mi descargo, diré que yo estoy ordenando algunas notas para poner "a caldo" a Bilbao, que es lo que me toca más de cerca):
La editorial MELUSINA ha publicado un vídeo en Youtube:
Blog del libro.
Algunas reseñas:
La Casa del libro
En un escenario político-social desquiciado por los rigores del pensamiento unidireccional, la especulación inmobiliaria y el silenciamiento sistemático de cualquier voz discordante, este libro, compuesto por doce ensayos escritos por los autores más jóvenes e interesantes del panorama literario barcelonés, se erige en un grito dislocado y subversivo, necesario e impertinente, no exento de humor, y cargado de altas dosis de ironía. Un salvoconducto imprescindible para la supervivencia de la autonomía intelectual y el sentido lúdico orteguiano en estos tiempos abúlicos, grises y monocordes.
El Cultural
(...) La editorial Melusina, además de lanzar este polémico ensayo sobre Barcelona, sólo tiene que agitar el libro sobre una tela para recoger un ramillete de adjetivos y metáforas. Puede editar ya la camiseta alternativa que dará gusto a los muchos paisanos que, como los doce autores de este libro, odian Barcelona. El resultado sería perturbador, tras serigrafíar palabras como “hiperreal”, “monstruo”, “artefacto turístico” (Javier Calvo); como “flemática”, “resort” (Carol París); como “cibernética” (Robert Juan- Cantavella); como “sarcófago” (Philipp Engel); “Barcelola” (Fernández Mallo); como “simulacro” (Matías Néspolo); como “cobarde” (Hernán Migoya) o “liofilizada” (Fernández Porta). La ilustración central de la camiseta puede optar por retratar alguno de los escenarios más aprovechados por estos autores: las Ramblas, el barrio del Raval, el metro…
El texto de Calvo y el de Fernández-Porta, que abren y cierran el conjunto, son los más ensayísticos, sesudos y brillantes. El autor de “Mundo maravilloso” nos sorprende con un texto arqueológico y mitológico que a los profanos les puede sonar a burla, a la manera de lo que hizo Pinilla con la playa de Arrigúnaga y su origen de la vida humana. O a exceso de iluminación, a la manera de Graves. En todo caso, es muy interesante el discurso telúrico y martirológico con el que Calvo nos presenta el espíritu de la ciudad, fundada por la Diosa del Manantial y rebautizada en la sangre de Santa Eulalia. Según esta teoría, que ignoro si ha inspirado ya la trama de algún best-seller, los “magos negros” que promovieron la nueva Barcelona, la del CCCB o el MACBA, han vencido al “Ejército de Resistencia” formado por el sustrato de los huesos de los mártires fundadores, para hacer desaparecer la ciudad y sustituirla por un artefacto muerto, La meta es deshacer el vínculo entre la gente y el suelo. Esta tétrica fábula explica así como Barcelona ha llegado a ser “un monstruo fabricado con miembros robados de tumbas”, en concreto el mal llamado “barrio gótico”. En esta ciudad embalsamada, los turistas son “zombis con olor a crema solar”. Calvo ofrece una visión desoladora de una ciudad enferma por metástasis: la museificación del centro histórico.
Este primer ensayo consigue enmarcarnos bien el problema que el resto de autores viene a matizar. Carol París abunda en la tesis de una ciudad enferma, jugando con la imagen de la tuberculosis: “aguantamos la respiración en una ciudad contenida para que la enfermedad no avance”. Es virulenta y eficaz, a ritmo de esputos. Le atribuye a la Ciudad Condal “un pasado edificado en un exterior insalubre”. Se muestra muy crítica con la “ocupación” de los tamborileros, perroflautas y protohippies “con sus rastas y sus bongos” de cierto enclave. También con las asociaciones, “mueblés” a los que ir a ligar, manifestación grupal de la cultura de la queja, “acti-
vadas por el intercambio de reproches y fluidos”. Denosta París ese constante renegar que a ella misma parece haber hecho mella. El tratado del odio que al final Fernández-Porta nos resume en su artículo, tiene en París un perfecto ejemplo. Ha de haber neurosis en esta prosa ingeniosa y amena, pero capaz de soltar tan campante que “los ricos desde las alturas nos observan y nos dan por culo”, para señalar a los discípulos de “los hombres trajeados”, para alimentar la fobia al “pijoaparte”. Con todo, nos divierten sus juegos de palabras y el sentido del humor con que llama a Gaudí el punto G de la ciudad o dice odiar Barcelona porque “no tengo dónde caerme muerta”. También es convincente su sentencia: la ciudad vive “siempre en el suplemento de la Barcelona por vivir”.
Robert Juan-Cantavellarompe el hielo para los más creativos del elenco. Plantea su aportación al ensayo colectivo como un videojuego. Tiene mucha gracia y muestra ingenio al plasmar en la sucesión de pantallas la sensación, generalizada por lo que se ve, de que Barcelona sufre exceso de vigilancia y presión de la autoridad. La parodia se sirve del acoso al jugador de los Muñecos de Uniforme, y se ríe de la Ordenanza Cívica Municipal 2006. Nos pasea por la Sagrada Familia (“esputo perfecto” para Carol París), el Camp Nou o el metro. Nos hace vivir una inundación virtual. Con similar audacia acomete su relato Óscar Gual, en sus diez situaciones de su formulario, divertido y documental. No le perdonamos a nadie su falta de pedigrí para odiar, claro que no, pero el suyo es suficiente.
Llucia Ramis apuesta por la descripción de Barcelona como puta de lujo, y por la disculpa. Se sube incluso al carro del marketing, a costa del riesgo a caerse de él en una curva que el éxito de su primera novela no le deja ver. Lo digo por los tics egotistas, que afean también la aportación de Philipp Engel, a quien no le sentó bien que le avisaran en el colegio de que pertenecía a la “elite que tomará las riendas de esta sociedad”. Engel nos traslada a la Barcelona de los Juegos Olímpicos, cuando le quitó la máscara al “presunto talante antifranquista” de la ciudad. Se centra en su mundo de artistas cuyas fiestas “son un asco”.
Matías Néspolo cae simpático de entrada con esa militancia bienhumorada en la república de los pueblerinos inquietos o paletos con aspiraciones, con ese “permiso” que tímidamente solicita para criticar desde la periferia. Es también divertido y tira de citas (Manuel Delgado, Jameson, Deleuze). Compara a Javier Calvo con Baudelaire y cae en la frivolidad de ningunear “la última novela del grupo Nocilla”, como si las novelas de nadie se escribieran en grupo. Pero es fresco cuando cuestiona Barcelona como destino de turismo cultural y confiesa que sólo ve grupos de alemanas con una polla en cabeza.
Gracias a Lucía Lijtmaer creemos discubrir el detonante de este libro: la web del ayuntamiento con la lista de famosos que dicen amar la ciudad. Una ciudad provinciana y para nada postindustrial. Javier Blánquez se propone ahuyentar al lector con una frase como esta: “el dilucidarlo correspondería a cada cual juzgarlo”. Dudo si es por chiste o por gusto auténtico por lo arcaizante. No le gustan los bohemios sin talento y su interés se centra en la disección social. Fernández-Mallo, aplicado y genial, acepta el envite como un experimento y se planta con una olivetti en Barcelona para recoger perlas de los transeúntes (“odio Barcelona porque está llena de espanyoles”), que maqueta con fotos del cielo sobre las estatuas humanas de las Ramblas. También es excelente el relato en dos planos de Hernán Migoya, una historia en el metro con su correspondencia en la infancia del autor, que le enseña cuán cobarde es la bondad. Un relato local y universal.
El extenso artículo de Eloy Fernández-Porta despliega ingenio y erudición, para despegarse de Adler y comentar fragmentos de Alzamora, Palol y Porta, y soltar algunas andanadas. Contra quienes aprecian que lo catalanoparlante se asocia a un déficit de masculinidad, pero también contra una sociedad que se tolera a sí misma en exceso, o una TV3 capaz de vender a la audiencia “que los castellanoparlantes necesitan ayuda para no acabar a hostias”. En conclusión, la propuesta de Melusina es audaz y necesaria. Da cauce a un descontento real. El libro se lee de un tirón y el interés de sus autores compensa la mediocridad de los “magos” que amortajan la ciudad.
Papel en blanco
No es una opinión personal, es el nuevo título de la iconoclasta Melusina, la editorial que ya nos sorprendió anteriormente como otra boutade en forma de libro: Sexografías, de Gabriela Wiener. Odio Barcelona es una antología donde doce autores aportan una mirada crítica, subersiva y políticamente incorrecta sobre la ciudad de Barcelona. Todos son ensayos de espíritu gamberro salidos de plumas precísamente de la capital catalana.
Así pues, en Odio Barcelona podremos ver cómo cargan las tintas Javier Calvo, Agustín Fernández Mallo, Philipp Engel, Robert-Juan Cantavella, Hernán Migoya, Llúcia Ramis, Matías Néspolo, Carol Paris, Oscar Gual, Lucía Lijtmaer, Javier Blánquez y Efrén Álvarez. una mezcla de escritores ya asentados y nuevas voces, pero todos ellos alejados de algún modo del mainstream temático y formal de la literatura española. Aunque la obra se edita ahora en el mundo físico, a través de Internet ya hace tiempo que estamos asistiendo a su promoción. Por ejemplo, a través de youtube, pero sobre todo en myspace, donde podremos escuchar música a propósito de la obra y un listado de reseñas y prosélitos.
Ana S. Pareja, responsable de la publicación:
Nosotros nos percatamos de que en Barcelona existía un clima de malestar en relación con ciertos temas políticos, relacionados con la vivienda o el creciente catalanismo. Eso nos llevó a proponer a ciertos autores jóvenes que escribiesen sobre las cosas que no les agradan de su ciudad. Y Odio Barcelona es el resultado.
Y es que, entre otras lindezas, al alcalde de Barcelona se le dedica al epíteto pelopolla por parte de Hernán Migoya:
El pelopolla del alcalde nos invita a través de campañas de autobombo a que leamos en el metro. Al mismo tiempo, inunda los altos de los andenes con monitores de televisión escupiendo a un volumen ensordecedor su mierda publicitaria, su papilla entumecedora y lucrativa.























@Rafael, desde luego, tal como lo pintas, el panorama es bien sórdido. Más allá del caso concreto, que no lo conozco, esto ya sabemos loq ue ha sido, vito ahora el resultado de cómo el monstruo de la construcción nos ha metido en la crisis: mal de muchos y beneficio de pocos.