¿De qué forma impactan sobre los espacios públicos el turismo global y el creciente interés de las ciudades por competir por este negocio ? La tendencia a la privatización del espacio público a través de diferentes fórmulas es un hecho evidente, con mayor incidencia en el mundo anglosajón pero, precisamente por ello, cada vez más habitual en nuestras ciudades más cercanas. Fenómenos como las grandes superficies comerciales, las gated communities, los desarrollos de interés común, los proyectos de centros comerciales abiertos,...son todos elementos que, de forma más o menos directa, transforman el papel que damos al espacio público dentro de la ciudad. Quizá se presta menos atención sobre un fenómeno que está teniendo un importante impacto en la morfología de determinadas ciudades y, consecuentemente, en los usos públicos y privados del espacio urbano. El turismo globalizado, un sector con un alto nivel de competencia entre ciudades que aspiran a atraer al mayor número posible de turistas, actúa como factor desencadenante de transformaciones del espacio urbano. Manuel Saravia, en Urblog, lo exponía de forma clara: Y por último se observa igualmente un proceso de transformación acelerada de espacios urbanos tradicionales, que pasan a dedicarse ahora, preferentemente, al servicio del turismo, auténtica vaca sagrada de nuestro tiempo. No conocemos ciudad que no esté inmersa en algún proceso, siempre de cierta envergadura, de modificación del uso y destino de sus áreas centrales, con la consiguiente adecuación de uso y de imagen, para que resulte más familiar (o atractiva, dentro de sus propios cánones) al turista internacional. Desde El Cairo hasta Dar-es-Salaam, de Oslo a Guayaquil, todos estamos procurando acomodo a ese nuevo vecino ocasional, el turista, que, en sus distintas modalidades, cada vez nos visita con mayor frecuencia. También leíamos hace unos días sobre La relación bipolar de los barceloneses con su turismo, un post con muchas impresiones que ya leimos en el libro Odio Barcelona y que surge de la celebración de un nuevo simposio del proyecto Intelligent Coast. En estas mismas fechas, también en Barcelona y en el marco de las actividades de Intelligent Coast, está abierta una exposición que analiza algunas hipótesis de cómo repensar las Ramblas, otro espacio público absolutamente trascendente en la realidad de la ciudad, que en los últimos ha llegado a ser casi un lugar inhóspito para muchos vecinos. ¿Qué es lo que ha pasado y qué podemos hacer?, parece preguntarse la exposición MultiRambles, del Disseny Hub. ¿Es este realmente un proceso de privatización? Pensemos en la Plaza Cataluña (Barcelona), en Picadilly Circus (Londres), el Coliseo o la Plaza San Pedro en Roma, Maccu Picchu (Perú), Champ de Mars (París) la Plaza San Marcos (Venecia), ... En un comentario al post de Saravia me preguntaba -improvisando y sin pensarlo mucho- si estos procesos de reserva o de invasión de los espacios públicos más icónicos (y adyacentes) de muchas ciudades no son tanto un proceso de privatización sino de exportación del territorio: las ciudades que aspiran a vender su producto urbano produce un territorio apropiado para el turismo global y lo exporta a compradores extranjeros a través de los canales de comercialización turística. Un producto, el territorio urbano, que, por las peculiares características físicas del mismo no podemos mover, por lo que es necesario que el acto de consumo del turista se produzca en el lugar de producción, la propia ciudad que produce y vende. La producción de espacios públicos banales le llama Francesc Muñoz, posiblemente me venga de ahí la idea y tan sólo la remezclo a mi manera. Es la necesidad de captar y atraer a esas masas de turistas que varían sus apetencias viajeras buscando siempre la ciudad más atractiva, la ciudad que ofrezca la experiencia vital más intensa. Aquí también hay que estar en el ranking, y diseñar espacios públicos para todos los gustos (para el granjero de Texas y para los abuelos japoneses, para los jóvenes inquietos de Escandinavia y para las familias de la clase alta libanesa, para el jubilado holandés y para la uruguaya viajera, etc.). Espacios fragmentarios de una realidad urbana compleja que el turismo global no da la oportunidad de asumir, una realidad que hacemos posible a partir de espacios monocordes, intercambiables entre una ciudad y otra. La máquina de producción de espacios turísticos se puso en marcha hace tiempo, pero a cambio de hacer más turismo, posiblemente entendemos peor las ciudades a donde viajamos y perdemos también un poco de las ciudades en las que vivimos. También te puede interesar sobre los espacios públicos: * Espacio público a escala humana * Los espacios públicos de la modernidad líquida * Ciudad pública, ciudad doméstica. Estética, profesión e ideología * Espacio público: dimensiones y actuaciones * Inmigrantes y espacio público * Spam urbano y espacio público * Espacio físico y espacio virtual
Turismo global y espacios públicos
Comentarios
Buena reflexión Manu.
Para mi, respondiendo al kit de la cuestión que plantea Izaro la respuesta es clara: Ser uno mismo.
Al igual que en el ámbito personal, ser uno mismo es seguramente la mejor de las estrategias para ser feliz y ser coherente con uno mismo. Lo cual no significa renunciar a mejorar. Mejorar hacia dentro para gustar más afuera.
Gustarás más a unos (turistas) y menos a otros, pero ¿cuanta gente practica turismo hoy en el mundo? Me parece que el mercado es lo suficientemente grande para todos..
Esto nos librará además eventualmente de algún ataque de esquizofrenia que otro..:-)
Por cierto, casi suena esto a una nueva disciplina de la Psicología..¿Psicología de ciudades?
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Buena reflexión, Manu.
La verdad es que estoy totalmente de acuerdo, las ciudades se están habilitando cada vez más para agradar al extranjero, y sus costumbres y menos al usuario/ciudadano habitual.
Hay muchas ciudades que han perdido su identidad debida a la afluencia masiva de turistas, ciudades que cuando pasan de moda, cual productos caducados, se encuentran convertidos en espacios impersonales y vacíos, como los poblados abandonados del lejano oeste, una vez pasada la fiebre del oro.
Las ciudades que, en cambio, mantienen ciertas tradiciones, costumbres, y espacios, que no agradarán por igual a la familia de clase alta libanesa y al granjero tejano, no recibirán la afluencia ni el dinero de los turistas, pero puede que tampoco pasen de moda tan fácilmente.
¿Dónde está el límite? ¿Hay que agradar a los turistas, o a los habitantes? ¿Conseguir un equilibrio entre las dos tendencias es posible?
Las ciudades pensadas para el turista tienen muchos beneficios y comodidades para el turista, pero pierden valor ante el verdadero viajero, que quiere conocer a la gente, las costumbres, y el modo de vida de las personas, y no únicamente el edificio más fotografiado de la ciudad. (Véase la torre Eiffel/Guggenheim/Gran Muralla/Empire State/Machu Pichu/ ....)